miércoles, 25 de enero de 2012

EL CABALLO Y EL NIÑO

HISTORIA PARA REFLEXIONAR...
Una vez, un niño de siete años se metió en el río de las afueras del pueblo a lomos de su caballo, y en la misma agua había muchos otros niños bañándose. El sol era lo único sobre sus cabezas y su propia piel lo único que llevaban sobre el cuerpo.
Durante cierto tiempo, miraron con envidia al niño que llegaba a caballo. El vientre del caballo brillaba incluso antes de mojarse.Cuando el caballo, en medio de los meandros del río, tiró al niño al suelo y lo pisoteó hasta matarlo, nadie quiso mirar. A los otros niños ya se les había pasado la envidia hacía rato y también hacía rato que cada uno tan sólo estaba pendiente de su propia piel mojada. No obstante, todos estaban allí cuando el caballo mataba al niño debajo del agua. También el padre del niño estaba presente. Estaba en la orilla, sacando paladas de arena. Aprovechaba el final del verano para construir una casa en la

que pudieran vivir en invierno.Hasta que no hubo cargado la arena en su camión, el padre no vio al caballo en el río sin el niño. Se tiró al agua con toda su vieja ropa puesta y buceó. Poco después sacó al niño muerto hasta la orilla y lo depositó en el suelo.Unos cuantos niños vieron en aquel momento cómo una persona puede envejecer en un instante: en un abrir y cerrar de ojos, el cabello del hombre se volvió gris. Doce pares de ojos habían visto todo lo sucedido. Pero, al mismo tiempo, los niños no vieron nada que pudieran describir, no podían decir cómo había sucedido. Habían presenciado un proceso que era completamente transparente a la vez que un enorme espejismo: habían presenciado cómo la vida de aquel hombre se acercaba a su final de un modo similar pero también del todo distinto a la muerte de su hijo. Aquel proceso lo mostraba todo y nada, igual que cuando alguien, en un único movimiento, se cubre los ojos con una manta gris que no existía antes de tal movimiento. Luego, el hombre encanecido sacó al caballo del agua y lo ató con una cuerda a un nudoso manzano silvestre. Cogió el hacha del camión y empezó a golpear al caballo en la frente.
Las pequeñas manzanas silvestres caían del árbol. El caballo, entre hachazo y hachazo, hasta que cayó al suelo, mantuvo la vista clavada en los ojos del hombre. Y éste siguió propinando hachazos al caballo caído hasta partirle el cráneo. El hombre no pudo parar hasta agotar su horror a base de golpes. Hasta entonces no pudo sentir el dolor que lo paralizó.
Todos se quedaron mudos. El murmullo del agua era lo único que se oía. Se oían los hachazos, pero demasiado poco en comparación con la acción que resultaba de ellos. Se oían caer las manzanas. Se oía cómo el caballo ahogaba sus chillidos, pero se oían demasiado poco en comparación con un animal tan grande que había matado a un niño. El hombre del hacha no perturbaba a nadie. Se daba por supuesto y era justo que también el caballo tuviera que morir. Pues ¿quién podía o quería comprender que se estaba castigando a un caballo según un rasero humano, que aquel caballo no era ni bueno ni malo sino que estaba por encima de lo que había hecho y era, sencillamente, un caballo?
Como el caballo vivía y el niño había muerto, se era consciente de que, a partir de entonces, el caballo estaría todos los días en el preciso lugar del que faltaba el niño muerto. Y eso no podía ser. Cada hachazo revelaba más claro de qué está hecha la cabeza de un caballo.
Cuando debajo del manzano silvestre no quedó más que un amasijo de huesos y cerebro sobre la arena, dejó de existir la institución «cabeza de caballo». Una institución para tirar de la carga y comer hierba. En aquella cabeza no había otra cosa. Por consiguiente, aquella institución para tirar de la carga y comer hierba también era una institución para matar.

(Este cuento está en el prólogo del libro Hambre y Seda de Herta Müller también incluído en el discurso de la escritora con motivo del Premio Kleist cuyo título fue Sobre la frágil institución del mundo.)

No hay comentarios: